Por la mañana, Arthur se dirigió al gremio con pasos ligeros, casi animados. El aire aún conservaba el frío cortante de la noche, pero había algo distinto en su ánimo: un brillo leve en los ojos y una sonrisa torcida que ya no se dejaba intimidar por el polvo del camino.
Como siempre, en el mostrador lo recibió la recepcionista con su habitual gesto agrio.
—Hola, señorita recepcionista —dijo Arthur, forzando una amabilidad alegre.
La mujer levantó la vista, visiblemente extrañada por el cambio de actitud.
—Hola, aventurero… ¿Schopenlaura? —pronunció con torpeza el apellido—. ¿Por qué viene tan sonriente esta mañana? Por lo general tiene la mirada de quien ha visto cosas que prefiere no recordar… o de quien desayuna desesperanza.
Arthur se rascó la nuca, un poco incómodo pero decidido.
—Gracias por su siempre cálido saludo. Digamos que hoy la diosa de la fortuna me sonrió un poco, así que pensé en devolverle el gesto al mundo. Vine exclusivamente al gremio a comprar equipo de caza.
La recepcionista lo miró de arriba abajo, como si buscara signos de fiebre o delirio en él.
—¿De verdad tiene el dinero para pagar una daga decente y una armadura que no se deshaga con una brisa?
—¡Por supuesto! —exclamó Arthur, inflando el pecho con orgullo.
Metió la mano en su bolsillo harapiento y extrajo una moneda sucia de plata junto a veinte cobres gastados, mostrándolos sobre el mostrador con la solemnidad de quien revela un artefacto sagrado.
La recepcionista arqueó una ceja, contando el metal con la mirada.
—Con eso, muchacho, apenas te alcanza para una armadura de lino común y una daga usada con más óxido que filo.
Arthur parpadeó, perdiendo el aire de golpe.
—¿En serio? Y yo que pensaba salir de aquí con una armadura reluciente, capa al viento y una espada legendaria... —murmuró, desinflándose como un globo roto.
La mujer esbozó una sonrisa seca, casi compasiva.
—En Lost, hasta los sueños tienen impuestos. Si quiere algo mejor, le toca arriesgar el pellejo por misiones que paguen de verdad.
Con una mueca de resignación, Arthur entregó sus monedas a cambio de la armadura de lino y la daga de segunda mano. La tela le picaba en los brazos y la daga tenía una pequeña grieta cerca de la empuñadura, pero al menos… ya no iba en calzones por la calle.
Antes de marcharse, se acercó al tablón de anuncios. Entre las hojas rotas y los encargos comunes de recolección, una hoja recién clavada llamó su atención:
> **[Misión:]** Se busca ayudante para cacería de "Ratas Piel de Acero".
> **[Recompensa:]** Proporcional al desempeño.
> **[Rango sugerido:]** Bronce medio.
> **[Ubicación:]** Cerca de la fuente sur.
Arthur sonrió de medio lado, arrancó el cartel con decisión y caminó hacia la salida del gremio.
—Hora de dejar de jugar con conejos… —susurró para sí mismo mientras avanzaba con paso firme hacia la salida.
Su nuevo día apenas comenzaba. Y en un mundo como Lost, incluso una simple rata podía convertirse en el inicio de una leyenda.
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**Fin del capítulo.**
