Leon observó expectante la ventisca que había creado.
Esperaba ver al licántropo atrapado bajo el hielo.
Pero, cuando la nube helada comenzó a disiparse, solo distinguió un par de árboles completamente cubiertos de escarcha.
El hombre lobo no estaba.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Entonces, una sombra oscura saltó desde un costado.
Leon apenas tuvo tiempo de girar la cabeza.
Sus ojos se abrieron con horror al ver al licántropo lanzándose sobre él con las fauces completamente abiertas.
Los enormes colmillos descendieron directamente sobre su brazo derecho, que aún permanecía extendido tras ejecutar el hechizo.
¡CRACK!
Las mandíbulas se cerraron con una fuerza brutal.
El hombre lobo esperaba sentir carne y hueso desgarrándose entre sus dientes.
En cambio...
Encontró una superficie tan dura como la piedra.
—...Armadura de Hielo... —susurró Leon entre dientes.
Una gruesa capa de hielo cristalino cubría completamente su brazo derecho.
El hechizo había reaccionado justo a tiempo.
Sin embargo, la fuerza de la mordida era monstruosa.
Pequeñas grietas comenzaron a extenderse por toda la armadura helada.
Crack... crack... crack...
Leon concentró toda su magia en mantener el hechizo.
Cada fractura que aparecía era reparada casi al instante por una nueva capa de hielo.
Pero el licántropo seguía aumentando la presión de sus mandíbulas.
Las grietas empezaban a aparecer más rápido de lo que Leon podía reconstruirlas.
El dolor recorrió todo su brazo.
Un gemido escapó de sus labios.
El hombre lobo, incapaz de romper aquella extraña defensa, optó por otra estrategia.
Sujetando el brazo de Leon entre sus colmillos, comenzó a sacudirlo violentamente de un lado a otro.
El cuerpo del muchacho fue zarandeado como si no pesara nada.
Entonces...
¡CRACK!
Un sonido seco resonó en el bosque.
Leon lanzó un grito ahogado.
Su hombro acababa de dislocarse.
Un dolor insoportable recorrió todo el brazo.
La armadura de hielo seguía resistiendo.
Pero él no.
Sabía que no aguantaría mucho más.
Sin perder un segundo, soltó su varita con la mano derecha, completamente inutilizada, y la atrapó con la izquierda.
Aprovechando que el ojo del licántropo quedaba a escasos centímetros, lanzó un movimiento desesperado.
Clavó la punta de la varita directamente en el ojo de la criatura.
El hombre lobo rugió de dolor.
Su cabeza se sacudió violentamente y abrió las mandíbulas por reflejo.
Leon salió despedido varios metros, rodando por el suelo cubierto de hojas hasta chocar contra el tronco de un árbol.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando recuperar el aliento.
Con un enorme esfuerzo, consiguió ponerse de pie.
Respiraba con dificultad.
Su brazo derecho colgaba sin fuerza a un costado del cuerpo.
Bastó un rápido vistazo para comprender la gravedad de la situación.
El hombro estaba completamente dislocado.
Cada intento de mover el brazo provocaba una punzada de dolor que le recorría todo el cuerpo.
Aun así, apretó con fuerza su mano izquierda.
No podía permitirse caer.
Todavía tenía delante a un enemigo que, pese al ojo herido y cubierto de sangre, seguía siendo un hombre lobo hambriento y dispuesto a terminar la cacería.
El licántropo rugió con furia.
La sangre que brotaba de su ojo herido solo parecía haber aumentado su agresividad.
Sin dar tiempo a Leon para recuperarse, se lanzó nuevamente al ataque.
Leon apenas alcanzó a reaccionar.
—¡Muro de Hielo!
Una gruesa pared de hielo se alzó entre ambos.
Al mismo tiempo, retrocedió varios pasos para ganar algo de distancia.
El hombre lobo no disminuyó la velocidad.
¡BOOM!
Se estrelló de lleno contra el muro.
Durante un instante pareció que la barrera resistiría.
Entonces aparecieron decenas de grietas.
¡CRACK! ¡CRACK! ¡CRASH!
El muro explotó en cientos de fragmentos de hielo.
Leon no perdió tiempo.
Con un movimiento de su varita, creó varias lanzas y espadas de hielo.
—¡Adelante!
Las armas salieron disparadas contra el licántropo.
Una tras otra impactaron contra su cuerpo.
Sin embargo...
¡CRACK! ¡CRACK! ¡CRACK!
Todas se rompieron al contacto con su piel.
El hombre lobo ni siquiera se detuvo.
Simplemente rugió y continuó avanzando.
En la mente de la bestia solo existía una idea.
Su presa estaba acorralada.
Cuando estuvo a pocos metros de Leon, una enorme sombra cubrió el suelo.
El licántropo levantó instintivamente la cabeza.
Sobre él descendía un gigantesco bloque de hielo.
Leon extendió la mano izquierda.
—¡Martillo de Hielo!
El enorme bloque cayó como un verdadero martillo.
¡¡BOOOM!!
La tierra tembló.
El suelo se hundió bajo el impacto.
Durante un instante, el licántropo desapareció entre el polvo y los fragmentos de hielo.
Pero el rugido que siguió despejó cualquier esperanza.
La enorme criatura había detenido el gigantesco martillo con ambas manos.
Los músculos de sus brazos se tensaron hasta el límite.
Las venas sobresalían bajo el pelaje mientras soportaba el inmenso peso.
Con un rugido salvaje, empujó el martillo hacia un lado.
La gigantesca masa de hielo salió despedida y se estrelló contra varios árboles, haciéndolos añicos.
El hombre lobo volvió a fijar la mirada en Leon.
Y volvió a atacar.
Leon comprendió que debía apuntar a un punto vulnerable.
Creó una lluvia de pequeñas cuchillas de hielo.
Todas fueron dirigidas hacia el único ojo sano de la criatura.
El licántropo ya había aprendido.
En lugar de correr erguido, descendió sobre sus cuatro extremidades.
Su velocidad aumentó de forma impresionante.
Las cuchillas pasaban rozando su rostro.
Las pocas que alcanzaban el resto de su cuerpo se rompían inmediatamente sin causarle el menor daño.
En apenas unos segundos ya estaba rodeando a Leon.
Corría en círculos a su alrededor.
Cada vuelta era más rápida que la anterior.
Leon intentaba seguirlo con la vista.
Era imposible.
De repente...
La criatura desapareció de su campo de visión.
Instantes después apareció detrás de él.
Las garras descendieron directamente sobre su espalda.
Leon reaccionó por puro instinto.
Una gruesa placa de hielo cubrió toda su espalda.
¡CRAAASH!
El impacto fue brutal.
La armadura evitó que las garras atravesaran su cuerpo, pero la fuerza del golpe lo lanzó varios metros hacia delante.
Sus botas dejaron profundas marcas en la tierra mientras luchaba por no perder el equilibrio.
Apenas consiguió mantenerse en pie.
El ataque no cesó.
El licántropo continuó jugando con él.
Entraba.
Golpeaba.
Retrocedía.
Volvía a aparecer desde otro ángulo.
Leon respondía creando flechas, cuchillas e incluso pequeñas aves de hielo que perseguían automáticamente a su enemigo.
Pero la velocidad del hombre lobo seguía aumentando.
Esquivaba cada ataque con movimientos cada vez más impredecibles.
Entonces, sin previo aviso, apareció justo delante de Leon.
Sus enormes garras ya descendían para despedazarlo.
Leon golpeó el suelo con su mano izquierda.
Un grueso pilar de hielo emergió violentamente bajo sus pies.
El hechizo lo elevó varios metros por encima del suelo.
El licántropo quedó debajo de él.
Durante un breve instante, Leon creyó haber ganado unos segundos para respirar.
Pero el hombre lobo no pensaba rendirse.
Se lanzó contra el pilar.
¡BOOM!
Toda la estructura tembló.
Una grieta apareció en la base.
Leon respiraba con dificultad.
Cada hechizo consumía más energía que el anterior.
Abajo, el licántropo volvió a embestir.
¡BOOM!
Otra grieta.
Leon apoyó la mano izquierda sobre el hielo, reparando desesperadamente las fracturas con su magia.
¡BOOM!
El pilar volvió a sacudirse.
Las grietas desaparecían...
Solo para reaparecer un instante después con el siguiente impacto.
Desde lo alto del inestable pilar de hielo, Leon comprendió que aquella posición solo le daba unos segundos más de vida. Si no encontraba una forma de detener al licántropo, el pilar terminaría cediendo bajo la fuerza inhumana de la bestia.
Leon miraba alternativamente hacia el bosque y hacia el castillo, esperando ver aparecer a alguien.
Nada.
Ni un profesor.
Ni Hagrid.
Ni siquiera una luz.
Entonces lo comprendió.
Estaba solo.
Tendría que luchar solo.
Como siempre.
Ese pensamiento, lejos de llenarlo de miedo, hizo desaparecer toda preocupación. En su lugar nació una determinación fría y absoluta.
No iba a rendirse.
En ese instante, el pilar de hielo terminó por ceder.
Con un estruendo ensordecedor se partió en varios fragmentos y Leon cayó al vacío.
Mientras descendía, apunto su mano izquierda al suelo.
—¡Oso de hielo!
El hielo del aire se condensó formando un enorme oso de más de dos metros de altura. Leon aterrizó sobre su cabeza y se sujetó con fuerza.
La gigantesca bestia permanecía inmóvil.
El licántropo también se detuvo.
Su único ojo observó con cautela a aquella nueva criatura.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
El hombre lobo comenzó a rodearlo lentamente, enseñando los colmillos.
Leon golpeó con el puño la cabeza del oso.
—Vamos...
Nada.
Volvió a golpear.
—¡Muévete!
El oso seguía completamente inmóvil.
Leon comenzó a golpear con más fuerza y más rapidez.
—¡Muévete...!
Silencio.
—¡Muévete!
El licántropo comprendió que aquella enorme criatura no reaccionaría.
Con un rugido ensordecedor se lanzó al ataque.
Sus garras atravesaron el pecho del oso de hielo como si fuera cristal.
La enorme escultura se hizo añicos.
Leon apenas tuvo tiempo de reaccionar.
—¡Coraza de hielo!
Una gruesa armadura esférica lo envolvió por completo justo antes de que las garras del licántropo alcanzaran su cuerpo.
¡CRAAACK!
Las garras chocaron contra la barrera.
Leon cayó de rodillas dentro de la coraza.
Respiraba con dificultad.
El brazo derecho dislocado ardía de dolor.
Cada hechizo consumía más energía que el anterior.
Fuera de la coraza, el licántropo comenzó a rasgar desesperadamente las paredes de hielo.
¡CRACK!
Apareció la primera grieta.
Leon levantó la mano izquierda intentando repararla.
Otra.
Y otra más.
Las grietas se multiplicaban demasiado deprisa.
—Mierda...
Una nueva embestida.
¡BOOM!
Toda la estructura tembló.
—¡Mierda...!
Otra grieta.
El hielo ya no soportaría mucho más.
—No puedo morir así...
Por primera vez desde que comenzó la persecución sintió que realmente estaba acorralado.
Entonces...
Su mente comenzó a recordar.
Anya riendo mientras corría por el centro comercial.
Astoria sonrojándose cada vez que él la felicitaba.
Snape compartiendo en silencio media tableta de chocolate durante el entrenamiento del Patronus.
Y, de pronto...
Otro recuerdo apareció.
Anya sostenía emocionada una figura de acción de los Power Rangers.
—Leon...
—¿Sí?
—¿Cómo hace para moverse?
Él había respondido cualquier cosa en ese momento.
Pero ahora...
Ahora comprendía la verdadera pregunta.
¿Cómo se movía?
Los ojos de Leon se abrieron de golpe.
Después comenzó a reír.
Una risa cansada.
Agotada.
Casi desesperada.
—Ja...
Volvió a reír.
—Ja... ja...
Cada carcajada resonaba dentro de la coraza mientras el licántropo continuaba destrozándola desde fuera.
—Qué tonto fui...
Otra grieta recorrió el hielo.
La respuesta...
Siempre había estado delante de él.
No necesitaba crear animales vivos.
Ni transformaciones completas.
Ni hechizos imposibles de séptimo año.
Solo necesitaba construir un cuerpo y articulaciones...
Y moverlo desde dentro.
Como una armadura.
Como una marioneta.
Como aquellos Power Rangers que tanto le habían fascinado.
Leon reunió toda la magia que aún le quedaba.
El aire comenzó a congelarse alrededor de la coraza.
Toneladas de hielo surgieron del suelo.
Se unieron unas con otras.
Piernas.
Brazos.
Torso.
Cabeza.
Una gigantesca figura humanoide de hielo tomó forma alrededor de la coraza.
En ese mismo instante...
¡CRAAASH!
El licántropo atravesó finalmente la protección.
Se lanzó directamente hacia Leon.
Pero un enorme brazo de hielo descendió antes.
¡¡BOOOOM!!
El puñetazo impactó de lleno contra el pecho del hombre lobo.
La fuerza del golpe lo levantó varios metros del suelo antes de hacerlo estrellarse violentamente contra varios árboles, que se partieron uno tras otro bajo el impacto.
El bosque quedó en silencio.
El licántropo volvió a incorporarse lentamente.
Su único ojo observó a su nuevo enemigo.
Frente a él se alzaba una colosal figura humanoide completamente hecha de hielo.
En el centro del pecho, protegido por gruesas capas de cristal helado...
Estaba Leon.
