Era fin de semana y Anya no dejaba de quejarse.
—¡No es justo! —protestó mientras inflaba las mejillas—. No puedo salir de la oficina y tampoco podré ver el partido de Quidditch.
Había escuchado a su padre mencionar que la final sería entre Slytherin y Hufflepuff, así que llevaba varios días ilusionada con verla.
Leon suspiró.
También le habría gustado llevarla al estadio, pero las protecciones de Hogwarts lo hacían imposible.
Pensó en varias alternativas. Una videocámara no funcionaría dentro del castillo debido a la magia, y las fotografías mágicas solo mostraban pequeños movimientos repetitivos, insuficientes para seguir un partido completo.
—Lo siento, Anya. No se me ocurre ninguna forma de que puedas verlo.
La niña suspiró, aunque enseguida cambió de tema.
—¡Entonces juguemos!
Leon sonrió y levantó su varita.
El aire comenzó a enfriarse mientras pequeños animales de hielo aparecían sobre la mesa: un conejo, un zorro, un lobo y un ciervo.
Las diminutas esculturas cobraron vida y empezaron a correr, saltar y perseguirse unas a otras.
Los ojos de Anya brillaron de emoción.
—¡Haz un oso!
Leon asintió.
Concentró la magia y moldeó un enorme oso de hielo.
La escultura quedó perfecta.
Cada garra, cada colmillo y cada mechón de pelaje estaban cuidadosamente definidos.
Sin embargo...
El oso permaneció completamente inmóvil.
Leon bajó lentamente la varita.
—Todavía no lo consigo, Anya...
La niña sonrió y le dio unas palmaditas en el brazo.
—No te preocupes. Sé que algún día lo conseguirás.
Aquellas palabras lograron arrancarle una pequeña sonrisa.
El lunes, Anya regresó a su escuela.
Leon, por su parte, seguía dándole vueltas al mismo problema.
Podía crear pequeñas esculturas de hielo capaces de moverse por sí solas, pero cuanto más grande era la creación, más difícil resultaba otorgarle movimiento.
Aquello empezaba a frustrarlo.
Había revisado numerosos libros de Transformaciones y Encantamientos, pero ninguno explicaba el principio que buscaba.
Incluso se había atrevido a preguntarle directamente a la profesora McGonagall sobre el hechizo que había utilizado el primer día de clases para transformar su escritorio en un cerdo.
La profesora lo observó con curiosidad.
—¿Y para qué quieres saberlo, señor Snape?
Leon ya tenía preparada una respuesta.
—Quiero ampliar mis conocimientos, profesora. Aquel hechizo me impresionó mucho y me gustaría entender cómo funciona.
McGonagall permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Es un hechizo de transformación avanzada. Se enseña normalmente en séptimo curso.
Leon no ocultó su decepción.
Aun así, la profesora tomó un pergamino y anotó el título de un libro junto con el capítulo correspondiente.
—Si realmente quieres estudiarlo, puedes comenzar con esta teoría. Pero te advierto que no intentes practicarlo por tu cuenta. Un error podría tener consecuencias desastrosas.
Después añadió con una ligera sonrisa.
—Y si de verdad te interesa la Transformación, eres bienvenido al club de Transformaciones que organizo para los estudiantes más dedicados.
Leon inclinó la cabeza con respeto.
—Gracias, profesora.
Mientras salia del aula en su mente se decía no tengo tiempo para ese club.
Ese mismo día fue a la biblioteca.
La señora Pince le entregó el pesado volumen después de registrarlo cuidadosamente.
—Cuídelo como si fuera su propia vida, señor Snape. Si encuentro una sola página doblada, responderá ante mí.
—Lo haré, señora Pince.
Horas después, Leon estaba sentado en la sala común de Slytherin con el enorme libro abierto sobre las piernas.
Leía una página tras otra.
Tomaba apuntes.
Volvía atrás.
Pero seguía sin encontrar la respuesta que buscaba.
Soltó un largo suspiro.
Astoria, que había estado observándolo desde hacía un rato, se acercó y se sentó a su lado.
—Llevas toda la tarde leyendo. Vas a terminar enfermándote si sigues así.
Leon cerró el libro por un momento.
—No logro encontrar lo que busco.
Astoria sonrió.
—Entonces descansa un poco. Quiero enseñarte mis progresos con el Patronus.
Aquello consiguió distraerlo.
—Está bien.
Ambos se alejaron hacia un rincón tranquilo de la sala común.
Astoria respiró hondo, cerró los ojos y levantó su varita.
Se concentró durante varios segundos.
—Expecto Patronum.
De la punta de su varita emergió una fina niebla plateada.
Era tenue y apenas permanecía estable unos instantes antes de disiparse.
Astoria abrió los ojos y observó el resultado con una mezcla de ilusión y decepción.
—Parece que todavía me falta mucho.
Leon, sin embargo, negó con la cabeza.
—No. Vas por buen camino. La primera vez que lo intenté ni siquiera conseguí producir esa niebla. Ya estás más cerca de lo que crees.
Astoria desvió la mirada, algo avergonzada por el pobre resultado de su hechizo.
—Supongo que todavía estoy muy lejos de conseguir un Patronus de verdad...
Leon negó con la cabeza.
—No digas eso. Es increíble que hayas llegado hasta aquí. Muy pocas personas consiguen producir siquiera una niebla plateada en tan poco tiempo.
Astoria levantó la vista, sorprendida.
—¿De verdad lo crees?
—Claro. Solo necesitas seguir practicando. Y no te limites a un solo recuerdo feliz. Prueba con otros. Tal vez encuentres uno que despierte emociones aún más fuertes.
Astoria asintió lentamente.
—Lo intentaré.
Después de unos segundos de silencio, la curiosidad pudo más.
—¿Y tú? ¿Qué recuerdo utilizaste para crear tu Patronus?
Leon sonrió con calidez.
—El día en que conocí a Anya.
Astoria no pudo evitar sonreír también.
—Debes querer mucho a tu hermana.
—Sí —respondió Leon sin dudar—. Es la persona más importante para mí.
Su sonrisa, sin embargo, se desvaneció poco a poco.
—Es una lástima que nunca pueda ver un partido de Quidditch... ni recorrer el castillo como nosotros.
Astoria comprendió inmediatamente a qué se refería.
Sabía que Anya no poseía magia y que las protecciones de Hogwarts le impedían salir libremente de la oficina de Snape.
Permaneció pensativa unos instantes.
Entonces, una idea cruzó por su mente.
—¡Espera! Creo que hay una forma.
Leon la miró con curiosidad.
—¿Cuál?
—Podrías grabar el partido... y también algunas partes del castillo usando unos binoculares mágicos.
Leon parpadeó, confundido.
—¿Binoculares mágicos?
Astoria asintió con entusiasmo.
—Sí. Mi padre tiene unos. Hace años asistió al último Mundial de Quidditch y grabó parte del partido con ellos. Todavía conserva la grabación y no permite que lo toquemos sin su supervision.
Los ojos de Leon se abrieron de par en par.
Aquello era exactamente lo que necesitaba.
Sin pensarlo dos veces, sujetó a Astoria por los hombros.
—¡Astoria, eres un genio!
Ella se sonrojó al instante.
—Y-yo solo recordé que existían...
—Gracias. De verdad, gracias. Ahora Anya podrá ver un partido de Quidditch aunque no pueda estar en el estadio.
Astoria sonrió tímidamente.
—De nada.
Leon aflojó el agarre y recuperó la calma.
—¿Sabes dónde podría conseguir unos?
Astoria negó con la cabeza.
—Lo siento. No tengo idea. Pero podría preguntarle a mi padre.
Leon sonrió agradecido.
—No será necesario. Le preguntaré al mío. Tal vez pueda conseguir unos para mí.
Astoria asintió.
—Espero que sí. Estoy segura de que a Anya le encantarán.
Solo de imaginar el rostro de su hermana viendo un partido de Quidditch por primera vez, Leon sintió que todo el esfuerzo valdría la pena.
Una semana transcurrió rápidamente y, por fin, llegó el día de la gran final de la Copa de Quidditch de Hogwarts.
Los equipos que disputarían el campeonato eran Slytherin y Hufflepuff.
Las gradas estaban completamente abarrotadas. Estudiantes de todas las casas ocupaban sus asientos, mientras el ambiente se llenaba de conversaciones, cánticos y apuestas de último momento.
En la tribuna de Slytherin, Leon y Astoria se encontraban sentados uno al lado del otro.
Ambos sostenían unos binoculares mágicos.
Sin embargo, lo extraño era que el partido ni siquiera había comenzado y los dos ya los utilizaban con total concentración.
No observaban el centro del campo.
En cambio, dirigían la vista hacia distintos sectores del estadio, recorriendo lentamente las gradas, las torres e incluso el cielo, como si estuvieran buscando algo en particular.
Aquella conducta no tardó en llamar la atención de los estudiantes que se encontraban cerca.
—¿Por qué están usando los binoculares si el partido aún no empieza? —preguntó un alumno de segundo año.
—Ni siquiera miran el campo... —comentó otro con extrañeza.
Algunos comenzaron a observarlos de reojo, intrigados por su comportamiento.
Leon, por su parte, continuó examinando los alrededores con paciencia, decidido a grabar el mejor partido posible para que Anya pudiera verlo más tarde.
EL SILBATO SONO DANDO INICIO AL PARTIDO.
—¡Y comienza el partido!
Las dos Bludgers fueron liberadas primero.
Después salió la Snitch Dorada.
Por último, la Quaffle.
Grey reaccionó antes que nadie.
—¡Grey gana el saque para Hufflepuff! —gritó Lee Jordan—. Pase inmediato para Roy...
Roy aceleró hacia la portería de Slytherin con la Quaffle bajo el brazo.
Durante unos segundos parecía que había encontrado un hueco entre los cazadores verdes.
Entonces Marcus Flint descendió como una flecha.
—¡Ahí viene Flint! ¡Eso sí que es velocidad!
Roy esperó hasta el último instante.
En lugar de intentar superar al capitán de Slytherin, lanzó la Quaffle hacia atrás.
Miller apareció justo donde debía estar.
—¡Excelente pase!
Miller apenas la sostuvo un instante antes de enviarla a Banks.
Banks levantó la cabeza.
Roy ya volvía a quedar libre.
La devolución fue inmediata.
—¡Eso es exactamente lo que necesita Hufflepuff! ¡Pases rápidos! Porque, si intentan ganar una carrera contra las Nimbus 2001, ya pueden despedirse del partido.
Los tres cazadores amarillos formaron un perfecto triángulo ofensivo.
Sin embargo, la diferencia de velocidad empezaba a notarse.
Montague alcanzó a Roy mucho antes de lo esperado.
Pucey ya estaba cubriendo a Miller.
Flint volvía desde atrás.
—¡Las Nimbus hacen su trabajo! —continuó Lee—. ¡Slytherin ha recorrido medio campo en un abrir y cerrar de ojos!
En ese momento una Bludger apareció girando violentamente.
Roy apenas llegó a verla.
¡PUM!
El impacto le golpeó las costillas.
La Quaffle salió despedida varios metros.
—¡La pierde!
Montague se lanzó en picado y la atrapó antes de que pudiera caer.
Las gradas verdes explotaron en aplausos.
Los seguidores de Hufflepuff soltaron un largo gemido.
—Cambio de posesión para Slytherin.
Montague aceleró.
Su Nimbus parecía deslizarse por el aire sin esfuerzo.
Grey intentó alcanzarlo.
No pudo.
La diferencia de velocidad era evidente.
—Pase para Adrian Pucey...
Pucey giró alrededor de un aro imaginario para esquivar a Miller y encontró a Flint.
El capitán de Slytherin ya levantaba el brazo para lanzar cuando Anthony Rickett apareció por encima de él.
El golpeador de Hufflepuff descargó el bate con precisión.
La Bludger salió disparada.
Flint tuvo que abandonar su trayectoria para evitar el golpe.
La Quaffle escapó de su control.
—¡Magnífico trabajo de Rickett! ¡Eso ha salvado un gol casi seguro!
Roy recuperó inmediatamente la pelota.
No intentó correr.
Sabía que perdería.
En cambio, pasó a Grey.
Montague se abalanzó sobre él.
Grey devolvió el pase a Roy sin mirar.
Roy encontró a Banks completamente solo.
—¡Qué coordinación! ¡Esto sí es juego de equipo!
Banks descendió con rapidez.
Una Bludger enviada por Mulciber pasó rozándole el hombro.
Consiguió esquivarla.
—¡Excelente maniobra!
Pero Barrintong ya había preparado la siguiente.
La segunda Bludger impactó de lleno contra un lateral de su escoba.
Banks perdió el equilibrio.
Mientras caía varios metros consiguió lanzar la Quaffle hacia Roy.
—¡Qué sangre fría!
Roy atrapó el pase.
Ya estaba frente a los aros.
Bletchley aguardaba inmóvil.
Roy fingió lanzar al aro izquierdo.
El guardián se movió.
Roy corrigió la trayectoria y disparó al aro central.
Bletchley reaccionó con una rapidez extraordinaria.
Su mano derecha desvió la Quaffle apenas unos centímetros.
El balón rebotó en el aro y salió despedido.
—¡¡Vaya parada!! ¡Eso ha sido espectacular!
El estadio rugió.
Mientras la lucha por la Quaffle continuaba en un extremo del campo, Cedric Diggory apenas había apartado la vista del cielo.
No parecía interesado en el marcador.
Seguía un pequeño destello dorado que aparecía y desaparecía entre las corrientes de aire.
Draco Malfoy también lo buscaba.
Los dos buscadores llevaban varios minutos describiendo amplios círculos sobre el estadio.
De pronto Cedric cambió de dirección.
Fue un movimiento tan brusco que incluso Malfoy tardó un segundo en reaccionar.
Lee Jordan dejó escapar un grito.
—¡Un momento... Diggory acaba de lanzarse en picado! ¡Puede que haya visto algo!
Malfoy aceleró.
Su Nimbus respondió al instante.
La distancia comenzó a reducirse.
Cedric no miró atrás.
El viento le golpeaba el rostro mientras descendía cada vez más deprisa.
El destello apareció junto a una de las torres del estadio.
La Snitch.
Cedric extendió la mano.
Malfoy ya estaba a pocos metros.
Las Nimbus 2001 eran más veloces.
Centímetro a centímetro, el buscador de Slytherin se acercaba.
Las gradas enteras se pusieron de pie.
—¡Vamos, Cedric! —gritaban desde Hufflepuff.
—¡Vamos, Malfoy! —respondía Slytherin.
Los dos buscadores atravesaron el estadio a una velocidad increíble.
La Snitch cambió de dirección de improviso.
Cedric anticipó el movimiento.
En lugar de seguirla directamente, giró ligeramente por delante de ella.
Malfoy intentó corregir demasiado tarde.
La inercia de su escoba lo obligó a abrirse unos metros.
Era todo el espacio que Cedric necesitaba.
Se inclinó hacia delante.
Estiró completamente el brazo.
Sus dedos se cerraron alrededor de una pequeña esfera dorada cuyas alas dejaron de batir al instante.
Durante un segundo reinó el silencio.
Después Lee Jordan rompió a gritar.
—¡¡CEDRIC DIGGORY HA ATRAPADO LA SNITCH DORADA!!
El estadio estalló.
Los estudiantes de Hufflepuff saltaron de sus asientos, abrazándose unos a otros.
Rickett lanzó el bate al aire antes de recordar que seguía volando y volver a atraparlo.
Roy levantó ambos puños.
Grey y Miller rodearon a Cedric mientras descendían hacia el centro del campo.
En el otro extremo, los jugadores de Slytherin permanecían inmóviles. Habían dominado buena parte del encuentro gracias a la velocidad de sus Nimbus 2001, pero Hufflepuff había resistido cada ataque con disciplina y trabajo en equipo.
Madam Hooch hizo sonar el silbato por última vez.
El partido había terminado.
Cedric aterrizó con la Snitch todavía firmemente sujeta en la mano.
Los alumnos de Hufflepuff invadieron la primera fila de las gradas para vitorear a su equipo, mientras las banderas amarillas ondeaban por todo el estadio.
Aquella tarde, la velocidad no había sido suficiente.
La paciencia, la coordinación y el oportunismo de Hufflepuff habían decidido el encuentro.
En cambio, la tribuna de Slytherin estaba sumida en el silencio y la tristeza por haber perdido la Copa de Quidditch.
Leon observó a sus compañeros de casa. Ya conocía demasiado bien cómo reaccionaban ante las derrotas. Tarde o temprano comenzarían a buscar un culpable.
Sin decir una palabra, tomó la mano de Astoria.
—Vámonos.
Ella asintió sin preguntar y ambos abandonaron las gradas antes de que comenzaran las discusiones.
Su destino era la oficina del profesor Snape, donde Anya los esperaba.
En la oficina de Snape, Anya permanecía sentada en uno de los sillones, con varios bocadillos y una tetera sobre la mesa. De vez en cuando miraba la puerta con impaciencia.
En cuanto esta se abrió, levantó la vista.
—¡Leon! ¡Astoria!
Los dos entraron sonriendo.
Leon levantó los binoculares mágicos.
—Lo conseguimos. Grabamos todo el partido.
Los ojos de Anya brillaron de emoción.
—¿¡De verdad!?
Corrió hacia ellos y los abrazó con todas sus fuerzas.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!
Leon sonrió al ver cómo Anya terminaba abrazando también a Astoria.
Había necesitado casi dos semanas completas para convencer a su padre de permitir que Astoria acompañara a Anya algunos fines de semana.
Al principio, Severus se había negado rotundamente.
No quería involucrar a más estudiantes en aquel secreto.
Pero Leon había insistido.
—Anya pasa todo el fin de semana encerrada en tu oficina. A veces necesita una amiga con quien jugar.
Snape no había cedido.
Hasta que Leon añadió con absoluta seriedad:
—Además... a Anya le gusta jugar a las casitas, hacer fiestas de té y fingir que sus muñecas son princesas.
Severus había permanecido en silencio durante varios segundos.
Finalmente había suspirado.
—Que venga la señorita Greengrass.
Y aquel había sido el final de la discusión.
