Lamento la tardanza, la verdad me había olvidado de este Fic o novela, ni siquiera recuerdo eso jaja.
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En el coliseo...
Fuertes gritos y vítores de alegría resonaban por todo el lugar, acompañados por algunos lamentos y expresiones de tristeza.
Innumerables personas se encontraban animando la pelea que se estaba llevando a cabo en la arena.
Sobre ella se enfrentaban enormes criaturas provistas de colmillos y garras monstruosas.
Cada segundo que pasaba, la sangre salía despedida en todas direcciones.
No había un solo rincón de la arena que no estuviera cubierto de sangre, vísceras o pedazos de carne.
Entre todas aquellas bestias destacaban dos en particular, pues eran las principales responsables de la masacre que estaba ocurriendo.
La primera era un enorme dragón de escamas negras que, con cada mordisco, acababa con la vida de una criatura.
Del otro lado se encontraba una gigantesca serpiente de cinco cabezas que escupía un líquido corrosivo desde sus colmillos. Cuando aquel veneno caía sobre la piel de sus enemigos, la carne se derretía con un intenso chisporroteo.
La batalla era simplemente deslumbrante.
Después de todo, en ningún otro lugar podrías contemplar criaturas tan majestuosas despedazándose entre sí únicamente por entretenimiento.
Sin embargo, a pesar de lo emocionante del espectáculo, no todos los presentes parecían compartir el mismo entusiasmo.
Algunos observaban la batalla con expresiones de desaprobación.
Varios de esos seres se encontraban sentados sobre elevados tronos, observando todo lo que sucedía debajo de ellos.
Cada trono pertenecía al dios gobernante de una región o mitología específica.
Y aunque aquellas posiciones transmitían una sensación de superioridad, incluso entre ellos existían individuos cuya presencia destacaba mucho más que la de los demás.
Ajeno a los gritos que llenaban el coliseo, aquel grupo de seres conversaba entre sí.
Una mujer de porte altivo habló al aire con un largo suspiro.
—No importa cuán maravilloso sea algo... Verlo siempre, día tras día, termina por hacerte perder el interés.
Poseía una belleza deslumbrante.
Pero más allá de eso, emanaba un encanto único.
Era una atracción tan poderosa que cualquier mortal perdería por completo el sentido común al contemplarla, olvidando todo lo demás para concentrarse únicamente en ella.
Los demás dioses asintieron en señal de comprensión sin siquiera mirarla directamente.
La fascinación que aquella mujer irradiaba con cada movimiento hacía difícil concentrarse.
Ellos eran dioses.
Seres que habían existido desde el nacimiento mismo del universo.
Gracias a ello, gozaban del privilegio de la inmortalidad.
Seres incapaces de morir.
La edad de cada uno variaba entre millones de años y varios eones.
Sin embargo, todos compartían el mismo sentimiento.
Aburrimiento.
A pesar de poseer un poder inconmensurable y una vida eterna, habían llegado al límite de su soledad.
Después de todo, aunque eran varios, su especie apenas contaba con unos cientos de individuos.
La extremadamente baja tasa de reproducción entre los dioses les había hecho perder toda esperanza de ver nacer nuevos miembros de su raza.
En aquel inmenso universo que los había creado, solo existían ellos.
Completamente solos.
Aquella realidad los llevó a buscar nuevas formas de entretenimiento.
Crearon incontables juegos, competencias y espectáculos utilizando el poder de sus Arcanum.
El resultado de ello era precisamente la brutal batalla que tenían frente a sus ojos.
Si cualquier otra criatura hubiera presenciado aquella escena, sin duda habría llegado a una conclusión inquietante.
Los dioses estaban peligrosamente cerca de la locura.
Mientras contemplaban la carnicería, un rugido ensordecedor sacudió la arena.
El dragón negro se encontraba pisoteando con sus enormes garras uno de los cuernos de la hidra.
Alzó la cabeza hacia el cielo y rugió con fuerza, extendiendo sus gigantescas alas hasta cubrir la luz del sol.
—Esta reunión es para decidir si continuaremos con lo que habíamos planeado.
La voz provino de un hombre sentado en el trono principal de su región.
Su figura sobresalía por encima de los demás dioses.
Cejas gruesas.
Nariz afilada.
Labios marcados.
Grandes pómulos.
Su largo cabello descendía sobre sus anchos hombros.
De su cuerpo musculoso, cubierto de cicatrices, emanaba una abrumadora sensación de autoridad.
Era un gobernante acostumbrado a ser obedecido.
Aquel hombre era Zeus.
